Veo Veo #4: un mapa que no sirvió (incluye escenas de “secuestro” en la Rusia siberiana)

 

Un hombre de unos 35 años, con campera de cuero negro y camisa abierta en el pecho frenó a una camioneta tipo traffic y nos invitó a subir. “Es mi amigo”, pareció decirnos con los gestos ante la sorpresa explícita de nuestros rostros. “Como si lo conociéramos a él de toda la vida y pudiéramos confiar en sus amigos”, pensé ante su gesto.
Pero no era el caso, acabábamos de conocerlo hacía quince minutos cuando nos habíamos bajado de la ruta transiberiana en Slyudyanka a las doce de la noche, cinco horas más tarde de lo que teníamos previsto llegar. Parados en el andén, no sabíamos para dónde ir. Teníamos un mapa, pero un mapa que dice que es difícil encontrar el lugar de día no es un mapa que te brinde mucha confianza. Menos cuando lo estás intentando usar de noche. Una de las pocas indicaciones que se entendía al leerlo era que debíamos cruzar el puente que atravesaba las vías y pasar del otro lado. Como el malón de gente que se había bajado del tren lo había hecho, nosotros los seguimos. Cruzamos el puente, atravesamos una zona oscura y descampada hasta que llegamos a una especie de avenida. En ese mismo instante y sin entender cómo, todas las personas parecieron esfumarse. Nos miramos a los ojos y pensamos al mismo tiempo: ¿ahora qué hacemos? Ahí fue donde apareció el hombre de la campera de cuero negro.
Le dimos el mapa, lo miró, lo giró, lo volvió a mirar… y nada.
Ahí fue donde apareció la camioneta.

Este es el mapa en cuestión…


mapa1
Nuestro nuevo amigo abrió la puerta lateral y nos invitó a subir. No sabíamos qué hacer. Nos miramos otra vez y, en silencio, pensamos en todo lo que nos podía llegar a pasar. Estábamos en el medio de un pueblo siberiano, en el sur del lago Baikal, a las 12.30 de la noche, a punto de subirnos a la camioneta con dos desconocidos con quienes no nos podíamos comunicar. En estos casos, solemos tratar de relajarnos y dejar que las cosas fluyan… así que nos subimos a la camioneta. La puerta se cerró fuerte. Con esos portazos que te hacen saltar unos centímetros del asiento. El aliento se fue por unos minutos. Nuestro nuevo amigo se subió con nosotros, pero de copiloto.
Mientras estábamos en marcha por calles desiertas y bastante oscuras, vimos a lo lejos una sirena de policía. Los dueños de la situación se dieron vuelta y nos hicieron señas para que nos agachemos. ¡Bingo!, pensamos, y otra vez se nos fue el aliento.
Luego de unos minutos llegamos a un barrio de edificios cuadrados de la época comunista y de perros ladrando desaforadamente. Nos bajamos. La camioneta se fue y nosotros nos quedamos con el hombre de la campera negra. El aliento volvió al cuerpo. Nos pidió el mapa, lo volvió a mirar en todas las posiciones posibles y con un gesto de reprobación y negando con la cabeza nos lo devolvió. Evidentemente, ese papel al que llamamos mapa, no servía. O sí.
Nos dirigimos hacia uno de los edificios y nuestro acompañante, que a esta altura ya era nuestro ángel de la guarda, nos señaló el número en un cartel azul y blanco. Al parecer, ese era el lugar. Entramos, subimos una escalera y lo que menos parecía ese lugar era un hostel. Pasamos el primer piso y no encontramos ningún cartel o señal que indicara que allí había un lugar para pasar la noche. Todos estaban durmiendo, menos los perros y los gatos que no paraban de molestar y de ponernos más nerviosos.  Subimos al segundo y al tercer piso y nada. Recién en el cuarto vimos un cartelito que decía “hostel”. Nos invadió una sensación de tranquilidad, que duraría poco tiempo.

Tocamos a la puerta. Después de varios minutos se abrió y apareció ante nosotros un ruso musculoso en calzoncillos, más dormido que despierto. Otra vez… ¡bingo!, pensamos. En un inglés muy básico nos dijo que el hostel estaba cerrado porque acababa de ser papá. No lo podíamos creer. Ante nuestra cara de decepción y agotamiento comenzó a explicarle en ruso a nuestro acompañante dónde podíamos pasar la noche. Creyó que nuestro ángel de la guarda era nuestro taxista. Pero no solo no era taxista, sino que no hablaba casi nada de ruso. Así que, si bien le escribió las instrucciones en ruso en un papel, también logramos que nos explicara algo en inglés. Teníamos que caminar un kilómetro en línea recta hasta llegar a un cartel luminoso. O algo así.

Nuestro amigo podía habernos abandonado ahí mismo. No tenía por qué caminar un kilómetro con nosotros por un ex barrio comunista, desierto y lleno de perros ladrando. Pero igual lo hizo.
En el camino quisimos entablar una conversación. Señalándonos, le dijimos: “Argentina”. Él nos dijo: “Azerbaijan and ilegal”. Ahí fue cuando entendimos o creímos entender por qué nos habían pedido que nos agachemos en la camioneta.

Después de caminar unas cuantas cuadras con el peso de las mochilas ya por las rodillas llegamos a una pared de madera, con un cartel luminoso. Tocamos la puerta y salió otro ruso, más viejo y vestido. Intercambió algunas palabras con nuestro nuevo amigo y nos hizo señas de que pasemos. Nos despedimos de nuestro ángel de la guarda y entramos. Era un descampado, con una casa donde vivía la persona que nos había abierto la puerta y una construcción de madera en el otro extremo del terreno. Nos dirigimos hacia allí. Había varias puertas. El señor abrió una y nos hizo entrar. Era un cuarto diminuto en el que entraban dos camas chicas y una mesa, con muy poco espacio para moverse. No nos habló de plata ni de tiempo. Nos dio las llaves y nos dijo: “good night”.

Tiramos nuestras mochilas en el único espacio vacío que quedaba en el cuarto y no podíamos creer estar bajo techo. Nos miramos y repetimos una frase que también solemos decir en estas circunstancias:

– Con la luz del día todo se verá distinto, vámonos a dormir.

Y nos fuimos a dormir.

 Al final de este camino estaba el lugar donde, finalmente, pasamos la noche.

camino

Así fue como al otro día estábamos caminando por un pueblito que era lo más cercano a lo que imaginábamos de la ruta transiberiana. En un mercado callejero nos encontramos con nuestro “ángel de la guarda”, quien estaba a cargo de un puesto de verduras. Lo saludamos con un fuerte apretón de manos como queriéndole dar las gracias nuevamente en todos los idiomas posibles.

Al volver a la “cabañita” donde pasamos las dos noches, el dueño del lugar nos ofreció pescado a la parrilla que estaba cocinando para él, un amigo y su mujer.

Todo estaba otra vez encarrilado. El mapa no sirvió para lo que estaba creado. Pero sirvió para corroborar una vez más que los buenos son muchos más que los malos.

 

Dino disfrutando de su pescado a la parrilla.

dinoparrilla

 

Les comparto el post sobre mapas que escribí hace poco…. ¿Qué tienen los mapas que me gustan tanto?

Este post forma parte de una nueva sección llamada Veo Veo. ¿Qué es Veo Veo? Es un juego para conocer lugares, costumbres e historias de muchos lugares del mundo a través de los relatos de varios viajeros. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo Veo de Facebook. ¿Querés sumarte? Todos pueden participar. Toda la información en ese grupo. También podés seguir los avances en twitter con el hashtag #veoveo. Los dos primeros #veo veo están publicados en mi blog personal: www.aldanachiodi.com

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Aldana Chiodi

Aldana Chiodi

Los papeles dicen que soy geógrafa social (profesora), periodista y editora, pero me identifico más con ser viajera, escritora y aprendíz de fotógrafa de viajes. Me encanta viajar, escribir, fotografiar, conocer y compartir otras culturas, llevar magia y arrancar sonrisas por el mundo y la nueva vida que elegí junto con mi compañero y amor: La libertad es un viaje de ida.
Si querés saber más sobre mi historia podés leer acá.
También podés visitar mi blog personal o sumarte a las redes sociales.
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About Aldana Chiodi

Los papeles dicen que soy geógrafa social (profesora), periodista y editora, pero me identifico más con ser viajera, escritora y aprendíz de fotógrafa de viajes. Me encanta viajar, escribir, fotografiar, conocer y compartir otras culturas, llevar magia y arrancar sonrisas por el mundo y la nueva vida que elegí junto con mi compañero y amor: La libertad es un viaje de ida. Si querés saber más sobre mi historia podés leer acá. También podés visitar mi blog personal o sumarte a las redes sociales.

20 thoughts on “Veo Veo #4: un mapa que no sirvió (incluye escenas de “secuestro” en la Rusia siberiana)

  1. Que linda historia!! De suspenso, me mantuvo sin mover la pupila del monitor jajaja! Menos mal que el final era recontra feliz…
    Un beso chicos!

  2. Brrrrr…qué suspenso, chicos!!
    Genial!
    Qué buenas e intensas son esas situaciones extrañas que nos hacen estar con los sentidos bien despiertos, y cuestionarnos nuestros miedos y desconfianzas.
    Buenísima.
    Beso x 3!

    • jajaa sí! nosotros solemos usar muchas de esas frases como esa! Es una de las lindas cosas de los viajes, ver cómo esas frases cobran sentido en el camino! beso!

  3. “Los buenos son muchos más que los malos”
    Esta frase describe y sintetiza la mayoría de las historias contadas por los viajeros. Entonces debe ser verdad que el mundo no es ese lugar peligroso que nos quieren hacer ver en los medios de comunicación. Saludos chicos,muy inspirador,como todo lo que hacen.

    • Gracias, Pablo!! Sí, así es, el mundo está lleno de personas buenas! (aunque los malos tengan más prensa). Nosotros siempre decimos que no hubiéramos podido hacer ni la cuarta parte de los que hicimos sino fuera por las personas que nos encontramos en el camino!
      beso!

    • Bienvenido, Paco!!
      Qué lindo Ucrania! Es uno de los tantos destinos que está en nuestra lista!! Ojalá pronto empecemos a ver un mapa de esa zona para que los lugares se nos empiecen a volver familiares. Otros saludos viajeros!

  4. Que loco estas cosas que pasan en los viajes y justo cuando uno más lo necesita. Además de un lugar lejano y deconocido, sumado a la oscuridad te la regalo jaja.El señor de la campera negra no se cruzo de casualidad. Muy buen relato gracias por compartir!! Gabo 😉

  5. Que nervios!!! Siempre digo que en los viajes uno se topa con ciertos seres que nos hacen confiar más que temer, el problema es que nunca sabemos las costumbres de otros países, entonces es más difícil confiar. Me encantó el relato, aunque me quedé con ganas de saber sobre su travesía en Siberia.

    • Gracias, Maricel!!
      Podés ver todo nuestro paso por la rusia siberiana en la categoría Transiberiano y Rusia. Esperamos que te guste!! Fue una hermosa e inolvidable experiencia!! Beso!

    • jaja Qué bueno que estos post también sirvan para recordar!! “Recordar es vivir dos veces”, así que es una linda actividad! besos!

  6. Me encantó 😀 Los mejores recuerdos y experiencias suelen ser así, a raíz de situaciones extrañas en las que en lugar de ponerte pesimista, decides confiar en la bondad humana y, entonces, te sorprendes teniendo fe en la humanidad de nuevo. La función real de los mapas es confundirte para que preguntes a un extraño, interpretarlos bien es la parte aburrida.

    • Tal cual!! Esa es una linda mirada… mejor no entenderlos mucho para preguntar! Hace poco en Sudáfrica nos dijeron lo mismo del uso de gps. Si uno lo usa en el auto ni mira por dónde anda… solo tiene en cuenta no salirse del recorrido que el aparatito manda, en cambio si uno no tiene gps no te queda otra que preguntar!! Igual, a nosotros nos ha salvado más de una vez también! Todo en su punto justo! jaja Besos!

  7. Yo también contuve la respiración con ustedes en camino… Pero que lindo es cuando miramos para atrás y nos damos cuenta de que en la experiencia corroboramos que gente buena hay en todas partes!!.. Muy lindo mapa!!

  8. Buenísima historia, jajaja! La verdad es que son las mejores situaciones, aquellas en las que te parece que es el fin de tu vida y luego descubres que no, que queda gente linda por ahí haciendo favores a frikis extraños con mochilas enormes!!

    Un abrazo!
    M.

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