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Siempre me gustaron los pueblos y ciudades. Si bien también disfruto de la naturaleza y la vida al aire libre, creo que la geografía urbana dejó una marca especial en mi. Logró que perciba los asentamientos de población desde una mirada distinta. No puedo evitarlo. Llego a una ciudad o pueblo y, en pocos minutos, le saco una especie de radiografía. (Creo que voy a crear una nueva carrera que  otorgue el título de “Radióloga de ciudades”). A veces me puedo confundir con la lectura de la radiografía, pero dicen que la primera impresión es la que cuenta. Y la primera impresión de Durban fue “rara”. No quiero decir “mala”, porque no fue mala en sí misma, pero fue “rara”. Durban es una ciudad que no me inspiró. Caminaba por sus calles, miraba sus detalles, manejábamos por sus avenidas y autopistas y no me inspiraba. No sé por qué. No me inspiró para sacar fotos en su momento ni para escribir ahora. Casi siempre me pasa que apenas piso un lugar tengo ganas de fotografiarlo o de anotar alguna frase o de grabar en mi mente alguna escena. No fue el caso con Durban. Voy a tratar de explicarlo.