Sarajevo y la naturalización de las cosas

Entrás a tu edificio y ves un papel nuevo pegado en el ascensor. Dice que no dejes la basura en la puerta de entrada y que la coloques en los nuevos contenedores dispuesto para ese fin. Lo leés esa primera vez que tus ojos lo detectaron. Te tomás el ascensor muchas veces más. El papel sigue ahí, pero vos no lo volves a leer. Naturalizaste su presencia.

En tu heladera tenés postales, imanes y algunos carteles con frases hechas que te encantan. Una dice «love what you do» y la otra «hoy puede ser un gran día». Las conocés de memoria. Sabés que están ahí. Abrís la heladera varias veces al día. Pero esas frases no las lees más. Naturalizaste su presencia.

Hace unos años inauguraron un monumento en tu barrio en memoria de los desaparecidos durante la última dictadura militar. El día de la inauguración fuiste y te emocionaste. Leíste cada una de las placas. Ahora pasas tres veces por semana por el mismo lugar y ya no lo ves. El monumento sigue ahí, lo que representa sigue ahí, pero vos no lo ves. Naturalizaste su presencia.

Siempre naturalizamos las cosas. O, por lo menos, algunas cosas. Las simples y cotidianas, pero también las que son más duras, más fuertes o nos tocan de alguna otra manera.

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En Sarajevo sentí una gran naturalización de la guerra. No solo por los souvenirs que se venden relacionados con el conflicto bélico, como las lapiceras en cartuchos de balas, sino más precisamente, por los cementerios. A lo mejor fue la simple mirada de una extranjera que visitó la ciudad solo cuatro días. A lo mejor fue mi búsqueda de querer ver algo diferente donde a veces no lo hay. Pero esos pequeños obeliscos o columnas blancas que indican que ahí hay alguna persona (o varias) enterradas llamaron poderosamente mi atención. Lo curioso no fue verlos en lo que podríamos llamar «cementerios oficiales», como el memorial del Fuerte Amarillo (desde donde se tienen unas hermosas vistas de la ciudad), lo que me llamó la atención es que estaban en todas partes. En una plaza, en el jardín de una casa, rodeando una fuente. Estaban omnipresentes. Pero los ciudadanos de Sarajevo no las veían. O sí, pero las naturalizaron. Ellos van a trabajar, almuerzan, ven una obra de teatro, una película en el cine, cenan con la familia o los amigos, hacen un picnic y los pequeños obeliscos están ahí, como diciendo «esto forma parte de tu historia», pero a ellos no los afecta. O sí. Pero, claro, siguen con sus vidas. Creo que no podría imaginarme en Buenos Aires tumbas en todas las plazas. Aunque posiblemente si sucediera también me acostumbraría, como ellos. En la capital de Bosnia-Herzegovina es tan común, es una imagen tan repetida, que pasó lo que lógicamente pasa: se naturalizó.

 

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Desde que nos largamos a la aventura de viajar con niños, una de las cosas que aprendimos es que debemos darle a Tahiel sus tiempos. Y «esos tiempos» incluyen visitar las plazas o parques para que juegue y corra. Cuando quisimos llevarlo a una plaza para niños en Sarajevo nos encontramos con que no había, porque casi todas están convertidas en cementerios. La explicación de este fenómeno es que durante el asedio serbio, los habitantes no podían acceder a la periferia de la ciudad, por lo que no tenían más opciones que enterrar a los muertos en los parques, plazas o jardines de su casa o del vecino.

 

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Sarajevo es una ciudad que nos tocó el corazón. Nos «movió la estantería». Es una ciudad pequeña, que se puede llegar caminando a casi todos los lugares con interés turístico (y no tanto) para visitar. Una ciudad con huellas de su pasado reciente en cada esquina. Una ciudad donde convivieron pacíficamente y durante mucho tiempo judíos, musulmanes y católicos. Una ciudad que refleja en su estructura urbana esa convivencia. Una ciudad en la que nos hubiera gustado quedarnos un poco más de tiempo y conversar más con la gente. Una ciudad a la que seguramente volveremos con Tahiel más grande.

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Estuvimos alojados en Haris Hostel, a unas pocas cuadras del centro histórico de la ciudad y frente al río Miljaka. El casco histórico recibe el nombre de Bascarsija y es un buen punto para comenzar la caminata por la ciudad. Es un área pequeña, con calles angostas, muchos bazares donde venden souvenirs, restaurantes de comida árabe (muy rica) y bares, que también se conoce como barrio turco. Desde esta zona salen los tranvías con recorrido circular que atraviesan la ciudad. En la plaza principal se encuentra la torre/fuente Sebilj, construida en madera en 1753 y rodeada de palomas, ideal para que los niños como Tahiel corran un rato.

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Casi entrando al casco histórico y muy cerquita de nuestro hostel, nos encontramos con el hermoso edificio de la Biblioteca Nacional Vijecnica, que ven en la siguiente foto. El 24 de agosto de 1992, los militantes serbios dieron la orden de disparar proyectiles sobre la biblioteca. La destruyeron. Un dato que me llamó mucho la atención y que no conocíamos es que la persona que ordenó esos disparos, Nikola Koljevik, era un profesor universitario que concurría habitualmente a esa biblioteca y consultaba sus tesoros. Pero su tendencia ultranacionalista serbia fue más fuerte.

 

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Desde la esquina desde donde tomamos la foto de la biblioteca, ya totalmente reconstruida, podíamos elegir seguir el camino de la izquierda y bordear al río. O doblar hacia la derecha y salir a las avenidas principales y al casco histórico.
En el propio casco histórico y como huella de convivencia pacífica es posible visitar una mezquita, una sinagoga y una iglesia católica. Por eso, hace varios años, se conocía a la ciudad como la Jerusalén de los Balcanes. No es difícil encontrar estos templos. Cada uno conserva su arquitectura y sus símbolos. La mayoría de estos edificios fueron destruidos durante la guerra y remodelados.

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Si bordeamos el río, veremos varios puentes que unen la parte más céntrica de la ciudad con la otra orilla. Uno de esos puentes, llamado Puente latino, es famoso porque allí fue asesinado el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio Austro-Húngaro. En el puente es posible ver una placa en la que se recuerda el hecho que, según la mayoría de los historiadores, fue el que dio inicio a la Primera Guerra Mundial. Frente al puente, se puede visitar el Museo de Sarajevo, con imágenes y objetos de la historia de la ciudad y de la guerra.

 

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Además, veremos otros puentes más modernos, edificios antiguos y más mezquitas. Cruzar estos puentes y adentrarse en las calles del otro lado de la orilla para conocer una Sarajevo más cotidiana es una buena idea.

 

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Cuando caminamos por el centro histórico o por alguna de las grandes avenidas de la ciudad es común ver entre los edificios nuevos o remodelados, algunos abandonados con visibles marcas de la guerra. Pero no es lo único. En varias veredas se encuentran las que se llaman Rosas de Sarajevo. Son manchas rojas, como de sangre, que indican los lugares en donde impactaron algunos de los morteros que se arrojaban a la ciudad. Pero una de las cuestiones que más nos «tocaron» fue enterarnos sobre la existencia de la llamada «Avenida de los francotiradores» (avenida Mese Selimovica). Militares apostados en los pisos altos de los edificios abrían fuego hacia las personas que caminaban por las calles. Salir de compras, ir al colegio o al trabajo podía significar la muerte. No había nada que les impidiera a estos hombres disparar contra niños y adultos, hombres y mujeres. Las guerras siempre son inentendibles. Y lo que hacen las personas en ellas, más.
Nunca deja de sorprenderme lo que pasa en las guerras (las de todo tipo), pero lamentablemente, parece que también nosotros, los que no estamos involucrados directamente, las naturalizamos. En diciembre pasado vi las fotos que el diario El País, de España, seleccionó para representar el año. Lloré. Con cada imagen que pasaba el corazón se me retorcía un poquito más. La mayoría eran imágenes de guerra, de agresión, de violencia, de odio, de intolerancia. Sentí que el mundo está muy lejos de cambiar.
Sentí que, lamentablemente, también naturalizamos esas cosas.

 

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Les compartimos algunas imágenes más de la ciudad.

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Desde Sarajevo y para conocer un poco más sobre su historia les recomendamos ir hasta el Túnel de la Esperanza. Toda la información y nuestra experiencia en este link.

 

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Aldana Chiodi

Los papeles dicen que soy geógrafa social (profesora), periodista y editora, pero me identifico más con ser viajera, escritora y aprendíz de fotógrafa de viajes. Me encanta viajar, escribir, fotografiar, conocer y compartir otras culturas, llevar magia y arrancar sonrisas por el mundo y la nueva vida que elegí junto con mi compañero y amor: La libertad es un viaje de ida.
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One thought on “Sarajevo y la naturalización de las cosas

  1. Gracias por los articulos es que que nececitaba leer antes viajar me encanta la manera que tu explicas los lugares !

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