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Apartheid Tag

  Aeropuerto moderno (como casi todos los de las grandes ciudades del mundo). Autopistas, muchas autopistas. Mientras viajamos desde el aeropuerto a la casa de nuestro couch, en un barrio de blancos, miro por la ventanilla. Desde allí observo la fisonomía de la ciudad. No puedo evitarlo. Veo los township, que son los barrios donde eran obligados a vivir los negros durante el Apartheid y que nos los habían presentado como las villas miserias en Argentina, pero no son así. Son barrios precarios, pero con construcciones de cemento y bastante organizados. Si bien en los alrededores de la ciudad sí se encuentran algunos asentamientos precarios como los que estamos acostumbrados a ver en Latinoamérica, no son los townhips (o por lo menos no son todos así). Cerca de estos barrios están los barrios con casas enormes y complejos de casas de alta categoría, con rejas, muros, cerca electrificada y carteles que nos avisan que “están protegidos”. Si bien viven en ellos algunas familias negras, son, principalmente barrios de blancos.

      Cada persona es un mundo - “Están de suerte chicos, al final vamos a seguir hasta Cape Town. A mi mujer la llevaron al hospital y tengo que ir para allá ahora”. Escuchar la primera mitad del mensaje nos puso contentos, pero la felicidad duró el tiempo que dura un punto seguido. La oración que venía a continuación nos confundió completamente. Connie (nombre de varón) nos levantó en una estación de servicio en Mossel Bay, sobre la llamada “ruta jardín”, en Sudáfrica. Como pasa casi siempre, mientras viajábamos nos fuimos haciendo “amigos”. Nosotros teníamos la intención de llegar ese día a Cape Town porque Pablo, un mendocino que nos iba a alojar, nos esperaba con pizzas caseras. La lluvia y el viento de ese día hicieron que el dedo se demorara más de la cuenta y llegáramos a Mossel Bay más tarde de lo esperado. Como ya estaba oscureciendo, nos fuimos haciendo a la idea de que las pizzas caseras quedarían para otro día. Entre charla y charla, Connie nos ofrece quedarnos a dormir en su casa de Worcester, a unos 120 km de Cape Town. Al día siguiente, muy temprano, él nos dejaría en otra estación de servicio sobre la ruta para terminar nuestra travesía hacia Cape Town. Nos pareció muy bien ya que no disponíamos de muchas más opciones. Todo estaba encaminado hasta que sonó su celular y Connie comenzó a hablar en afrikaans, idioma que por supuesto, no manejamos.

Siempre me gustaron los pueblos y ciudades. Si bien también disfruto de la naturaleza y la vida al aire libre, creo que la geografía urbana dejó una marca especial en mi. Logró que perciba los asentamientos de población desde una mirada distinta. No puedo evitarlo. Llego a una ciudad o pueblo y, en pocos minutos, le saco una especie de radiografía. (Creo que voy a crear una nueva carrera que  otorgue el título de “Radióloga de ciudades”). A veces me puedo confundir con la lectura de la radiografía, pero dicen que la primera impresión es la que cuenta. Y la primera impresión de Durban fue “rara”. No quiero decir “mala”, porque no fue mala en sí misma, pero fue “rara”. Durban es una ciudad que no me inspiró. Caminaba por sus calles, miraba sus detalles, manejábamos por sus avenidas y autopistas y no me inspiraba. No sé por qué. No me inspiró para sacar fotos en su momento ni para escribir ahora. Casi siempre me pasa que apenas piso un lugar tengo ganas de fotografiarlo o de anotar alguna frase o de grabar en mi mente alguna escena. No fue el caso con Durban. Voy a tratar de explicarlo.