Reeditar un viaje en La Trochita

 
Cada vez más seguido siento que Tahiel reedita mi vida. Tengo muchos recuerdos de mis 4 años y, como Tahiel también ya tiene 4, muchas de las cosas que recuerdo son como las que a él le pasan o hace a esa edad. Durante este viaje a la Patagonia argentina, lugar al que ya volví mil veces, unas 10 con el cuerpo y unas 990 más con el alma, a Tahiel lo encontré ocupando esos espacios mentales llamados recuerdos. Los habita, los llena y los completa. Como cuando se metía al lago, hacía dedo o comía chocolate de Bariloche. O Cuando me acompañaba a preparar el asado, pedía prestada una palita para manejar las brasas, se quedaba charlando con los vecinos de parrilla con quienes, al final, compartíamos el asado. El nuestro, el de ellos, su vino, nuestra agua o el jugo de los chicos. Porque el camping es así, es camaradería, y eso el enano lo entiende a la perfección. Si bien yo no vine a disfrutar de estos hermosos paisajes a su edad, acá Tahiel se convirtió en una fuente de Deja Vú permanente para mí. Como si mis viajes a la Patagonia los hubiese hecho a los 4 años.

 

Uno de estos eventos mentales lo viví, o reviví mejor dicho, subiéndome otra vez a la legendaria Trochita. Lo veía a Tahiel sentado en uno de esos viejos asientos de madera, con su mentón apoyado en el marco de la ventana y su mirada perdida en la inmensa estepa patagónica, disfrutándola, y me veía a mí, aunque mucho más abrigado, con mis 20 años de ese momento en un cuerpito de 4, en la misma posición. En un momento Tahiel quiso abrir la ventana y no pudo porque claro, tiene un sistema poco convencional y zas, otro recuerdo como un golpe. Yo tampoco pude abrirla en su momento.
Tahiel quiso abrir la salamandra que antaño calefaccionaba cada vagón para cobijar a los pasajeros del tremendo frío estepario y que hoy, casi está de pinta. Yo también la abrí en su momento, pero para alimentarla de ramitas y palitos, que todos habíamos bajado a buscar en una de las innumerables paradas del tren, obligatorias y eventuales, en su viaje desde Ingeniero Jacobacci a Esquel. Esas ramas eran para calentarnos, pero también para que uno de los chicos que viajaba en el tren en ese momento cocinara tortas fritas. Las más ricas que jamás probé. Y eso le conté a Tahiel cuando quiso abrir la pequeña puerta de la salamandra. Y Tahiel me miró y se sonrió. Creo que pudo advertir un gesto en mi cara y se hizo cómplice.

Tahiel, inquieto como es, inquieto como era yo, no pudo más que querer ir hasta el vagón comedor en cuanto la guía del hoy ultra turístico recorrido, dijo que el que quería podía. Caminamos de la mano y pasamos cada vagón, uno tras otro, abriendo y cerrando cada par de puertas que crujían como aquella vez. Tahiel con su inconciencia quería saltar de balcón en balcón, completamente ajeno al riesgo que significa pisar mal y caer. Luego de pasar algunas puertas y llegar al coqueto coche comedor nos sentamos y le conté que yo, en aquel viaje, gracias a mi inconsciencia, sí me caí. Claro que no entre dos vagones. De haber sido así no hubiese escrito este post ni ningún otro. Y la verdad es que tampoco me caí. Salté. Con esto último capté completamente la atención de Tahiel, que puso carita de “por favor explícame”.

Recuerdo estar sentado en el tren y sentir que su velocidad era mínima, casi como el paso del hombre, y entonces me dije: “si le doy mi cámara a alguien, salto desde la escalerita del vagón y corro al lado del tren y esa persona desde una ventanilla me saca una foto, será única”. Una, o a lo sumo dos. No había empezado la era digital y a las cámaras se les ponía rollo (eso mejor a Tahiel preferí no explicárselo).
Y lo hice. Salté.
Se cumplió todo menos lo de la foto.
La velocidad del tren era mucho más rápida de lo que yo había percibido y el tren comenzó a alejarse cada vez más, aunque yo corría lo más rápido que podía. Fue en vano, cada vez se alejaba más y en esa carrera loca tropecé con una de esas simpáticas plantitas del desierto. Caí todo despatarrado y di una especie de vuelta carnero muy poco estética. Una vez en el piso vi dos cosas: al tren cada vez más pequeño y a un montón de cabecitas, más de una por ventanilla, mirando hacia donde yo estaba. También desde el piso pensé que alguien le iba a avisar del incidente al conductor, pero un segundo después me acordé de que no se puede pasar desde los vagones a la locomotora y supuse que no iba a sobrevivir una noche en la estepa patagónica con una simple campera y mi mochila en el tren. Todo eso se me pasó por la cabeza en un segundo. Entonces me levanté y empecé a correr otra vez y en eso estaba cuando las vías justo dibujaban una curva. De ver la espalda del último vagón, comencé a ver la locomotora y todo el costado derecho del tren. Y lo mejor no fue eso. Lo mejor fue que el motorman, gracias al ángulo, me vio a mí y detuvo la formación. Llegué al tren casi sin aire y me ayudaron a subir. Durante gran parte de la siguiente hora fui el modelo de la trochita protagonizando la obra “El boludo que se cayó del tren”. Parado en un balcón entre dos vagones me sacaron muchas fotos abrazado a no recuerdo cuantos pasajeros. Solo dejaba mi brazo levantado y automáticamente se calzaba allí otro cuello. Hacían fila y se reían cuando llegaban a mí. No sé cuantos pensaban que me caí o sabían que salté. A estos últimos les podía hasta escuchar su pensamiento: “pero qué boludo”. El chico a quien le di la cámara para que me saque la foto mientras corriera jamás lo hizo. Se anuló al verme cada vez más lejano, tropezar y caer. Lo perdoné, claro.
Tahiel no me interrumpió ni una sola vez hasta que terminé mi relato. Raro en él.

Algunos vagones mantienen el estilo original, como el de esta foto.

 

Comenzamos a regresar a nuestro vagón donde nos esperaba Aldana. Cuando llegamos, le conté a Tahiel que en aquel momento, recién arrancados los años 90, La Trochita aún prestaba servicio de traslado como tren de pasajeros, no como en la actualidad que hace solo un recorrido muy corto y exclusivamente turístico entre Esquel y Nahuel Pan. El viaje ahora dura solo un par de horas. Cuando le estaba contando esto llegamos a Nahuel Pan y nos bajamos. Mientras daban vuelta el tren para emprender el regreso, fuimios a recorrer los puestos de artesanía y a visitar las casas de los vecinos que venden tortas fritas, café, choripanes y todas esas cosas ricas. Todos cumplimos con el ritual de sacarnos fotos en cada uno de los rincones de la legendaria Trochita.

Regresar a Esquel me produjo mucha nostalgia. Tenía muy presentes aquellos recuerdos de mis 20 años. Un poco por la memoria y un poco porque Tahiel me los dibujó otra vez.

 

Les compartimos un video muy cortito del viaje. ¡Que lo disfruten!

 

Información práctica

El recorrido turístico actual del Viejo Expreso Patagónico (coloquialmente conocido como “La Trochita”) es desde la ciudad de Esquel hasta Nahuel Pan.
(También hay otro servicio hacia el Maitén).

  • La tarifa general es de 900 pesos.
  • Para residentes argentinos es de 590 pesos.
    – Jubilados y universitarios 380.
    – Menores de 6 a 12 años 320.
    – Menores de 6 años gratis.
  • Para residentes de Esquel y Trevelin es de 280 pesos.

El tren sale desde la estación de Esquel que queda a pocas cuadras del centro. En el lugar hay un museo que se puede visitar.
Pueden leer más información sobre la excursión en La Trochita en este link.

 

Esperamos que les haya sido útil esta información y les haya gustado el relato. Si van a viajar con niños a lo mejor les interesa leer Todo para Viajar en Familia.

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Desde 2009, junto con Aldana, decidí cambiar mi estilo de vida: dejé la ingeniería en sistemas para dedicarme solo a la magia y a los viajes. Desde ese momento disfruto de conocer y compartir otras culturas, de escribir y de llevar magia por el mundo mientras arrancamos muchas sonrisas.
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