Una visita al Oceanario de Lisboa con mi papá

La pecera era muy grande. Caminábamos para cualquier lado y siempre aparecíamos al lado de la pecera. Yo sentía que estaba por todas partes, que el Oceanario de Lisboa había sido construido alrededor de esa pecera. Era como que yo estaba adentro del mar todo el tiempo.

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Ni bien entramos al oceanario pasó algo que me encanta: papá me soltó el seguro del carrito. Cuando eso sucede vuelvo a sentirme Tahiel (“hombre libre”, en Mapuche). En el carrito con el seguro puesto es como si a mi nombre le faltara una letra.
Apenas me sentí “libre” comencé a correr por unos pasillos oscuros. “Abua, abua”, empecé a gritar y señalar. En las paredes había mucha agua y peces de colores. No se caía porque un vidrio la sostenía. Papá estaba más asombrado que yo. Me decía “mirá Tahiel”, “mirá hijo”, “un tiburón, una raya, un no se qué, una no se qué…”. No me acuerdo los nombres de todos esos peces. Yo me quedaba mirando fijo y le señalaba a papá cuando veía algo y papá me decía: “si Tahiel, ¿te gusta?” A mí me gustaba ver la cara de mi papá porque yo sentía que estaba disfrutando mucho de estar ahí conmigo. Sé que a él le encantan los bichos y me parece que a mí también.
El oceanario tiene un nivel al que llaman terrestre y otro, subterráneo. El que a mí más me gustó fue el subterráneo porque era como les conté antes, parecía que estábamos ahí adentro, con los animales.
En la recorrida por el enorme oceanario, a veces me volvía al carrito para avanzar más rápido. En realidad era mi papá que me ponía en el carrito para avanzar más rápido. Yo siempre quiero correr… yo me llamo Tahiel. Pero es que si no me sentaba un rato no podía leer la información sobre las especies ni sobre los distintos ambientes acuáticos que estaban representados en el lugar.

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Siempre que algo me gusta mucho, como jugar con mamá o papá, que me hagan caras raras o que me canten, yo digo “maaa, maaa” (más, más) y muevo mis dos manitos al mismo tiempo. Ellos ya entendieron mi gesto y repiten lo que me estaban haciendo. Yo mientras, sigo a pura risa. Mamá y papá siempre pueden hacer todo lo que me gusta. No entendí ni entiendo por qué entonces cuando un tiburón grande pasaba cerca de mi cara y se iba, yo le decía a papá “maaa, maaa”, para que el tiburón vuelva a pasar otra vez, y papá no lo podía hacer. Me dijo que tenía que esperar a que el tiburón vuelva a venir solito. Yo lo miraba a papá con un gesto de “no entiendo”, y papá me decía que hay cosas que él no puede hacer, que ya me voy a ir dando cuenta solito. Entonces entendí que papá y mamá pueden hacer todo menos traerme tiburones. Puedo vivir con eso, pensé.
En un momento, nos sentamos los dos al pie de la pecera y, como milagrosamente estaba quieto, papá se puso a darme charla. Me dijo que antes que yo naciera me escribió una carta. Al parecer, en esa carta decía que el tiempo pasaba rápido y, que por ejemplo, antes de lo pensado me iba a estar poniendo una curita en la rodilla, (eso ya sucedió en Santiago de Compostela, pensé, aunque no le dije nada para no interrumpirlo). Y que ahora, increíblemente, estaba muy feliz de estar conmigo sentado viendo enormes peces nadando, que cada gesto de asombro mío lo llenaban de felicidad y que le encantaba que ya pudiéramos hacer cosas juntos. Tampoco le dije nada. No manejo tanto vocabulario todavía como para decirle que yo también estaba muy contento de estar allí con él.
Después de un rato se levantó y me tomó una fotografía más. Creo que fue por las dudas, porque mi mamá siempre le dice que no saca las fotos suficientes.

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Una de las actividades que me gustó mucho, además de quedarme pegado a la pecera, fue la de escuchar el ruido del mar y de algunos animales junto a otros chicos. Para eso me tuve que poner unos “cosos” en las orejas que me quedaban un poco grandes. Eso me encantó porque era como si los animales estuvieran al lado mío.

 

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Cuando la visita terminó yo quería seguir pegado a esa pecera enorme que ocupaba todo el lugar. Me encantaba ver cómo se acercaban los peces. Había algunos que era muy grandes y otros, muy pequeños. Algunos eran lindos y oros medio feos… Si hubiera sido por mi me quedaba un buen rato más con las manos apoyadas en el vidrio. Pero ya era la hora del almuerzo y mamá nos esperaba en el hostel para irnos al aeropuerto. Así que teníamos que llegar “comidos”. Fuimos al bar del oceanario a comer algo. Nos sacamos fotos comiendo y se las mandamos a mamá. Papá me leía lo que mamá decía de las fotos. Mi mamá también me saca muchas fotos.
Terminamos de comer y tomamos el bus para volver al hostel. Yo me quedé dormido. Cuando me levanté, ya estábamos con mamá. Eso me encanta. Aunque alguno de mis papás se vaya por un rato, siempre nos volvemos a juntar. Igual… cuando mi mamá cierra la puerta del baño y no me deja entrar, me pongo a llorar.

 

Para más información sobre precios, horarios y la mejor manera de llegar al oceanario de Lisboa pueden consultar la web oficial.
Tengan en  cuenta que hay visitas guiadas y se puede alquilar el audioguía por 2,50 euros. Además, no dejen de consultar las actividades especiales porque hay desde conciertos para bebés con sonidos del mar hasta actividades para escuelas, talleres y festejos de cumpleaños!

 

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Tahiel

Soy Tahiel, el tercer integrante de Magia en el Camino. Soy muy nuevo en esto del blog y las redes sociales, pero ya tengo mi propia columna. Espero que les guste!
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One thought on “Una visita al Oceanario de Lisboa con mi papá

  1. QUE LINDO PASEO…!! ME IMAGINO CUÁNTO LO HABRÁN DISFRUTADO LOS DOS…
    QUE HERMOSO SE LO VE …CHIQUITITO ENTRE LA GENTE…..Y TAMBIÉN…CON LOS AURICULARES ESCUCHANDO LOS SONIDOS DEL AGUA….DIVINO..!!!
    UN BESO GRANDE TAHIEL….MI AMOR.

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