Historias de dedo en Sudáfrica

Los planetas se alinearon y llegamos a Durban

Los oficiales de policía que tan amablemente nos llevaron desde el centro de Kosy Bay hasta la ruta, nos dejaron en un cruce muy veloz. ¿Qué podíamos decir? El lugar no era el más práctico, pero era mucho mejor que en el centro de la ciudad. Entonces dijimos “gracias”. Y se fueron.

Con Aldana nos miramos  y dijimos al unísono: “de acá no nos vamos más”. Allí, miráramos para donde miráramos, veíamos descampado. Caminamos un poco para alejarnos de la curva, respiramos profundo, nos bajamos las mochilas, levantamos el pulgar izquierdo (en Sudáfrica se maneja del lado derecho), e inmediatamente las volvimos a levantar para subimos a una camioneta. Creo que no esperamos ni diez segundos. Casi que no tuvimos ni que correr para hablar con el conductor. Frenó apenas unos metros más adelante que nosotros, me acerqué a la ventanilla para hablar con él y vi que era una camioneta adaptada. El conductor tenía alguna discapacidad. Me preguntó hacia dónde íbamos y, sin dudar ni un segundo, se bajó para ayudarnos con las mochilas. Rengueaba, creo que tenía una pierna ortopédica. Tiramos, literalmente, las mochilas en la caja de la camioneta, las tapamos con una lona plástica y viajamos hasta Hluhluwe.
Nos dejó en una estación de servicio a cuatro kilómetros de la R2, por lo que, cinco minutos después de bajarnos, comenzamos a recorrerlos a pie. No hicimos más que salir de la estación de servicio que desde una van nos gritaron: “Hey! Where are you going?” (¡Hey!, ¿para dónde van?). Una chica joven con sus hijos pequeños, sin que se lo pidiéramos siquiera, nos levantó y nos llevó los cuatro kilómetros hasta la R2. Nos llamaron la atención dos cosas. Primero, que sin que lo solicitáramos, alguien nos gritara desde cincuenta metros para ver si nos podía llevar. Segundo, que era una chica con sus 2 hijos en el interior del auto y, por nuestra experiencia, generalmente las mujeres con niños pequeños sienten más desconfianza para levantar gente en la ruta. No pudimos evitar preguntarle por qué nos llamó para llevarnos sin que le hubiéramos hecho dedo. “Durante muchos años viajé a dedo por muchos lugares del mundo y ahora, cuando puedo, devuelvo algunos de los tantos favores que las rutas me dieron”. No era la primera vez que la respuesta a esa pregunta era la misma. La gente guarda un cariño especial por viajar a dedo si lo hizo en algún momento de su vida. No nos quedan dudas: nosotros también devolveremos estos favores cuando podamos.
Ya estábamos listos para encarar el último tramo, pero estábamos, otra vez mal parados, a la salida de una curva donde se cruzaban dos autopistas y, por allí, además de que los autos también pasaban muy rápido, no había nada de infraestructura. Caminamos un poco hacia adelante y, en una banquina muy reducida, otra vez levantamos el pulgar izquierdo. En no mucho tiempo se detuvo John. Iba directo hasta el aeropuerto de Durban y estaba contra reloj. Su vuelo partiría antes de que él pudiera llegar, y todavía le faltaba devolver el auto alquilado. ¿Cómo podía ser entonces que se hubiera detenido para levantarnos? No lo sabemos, pero lo suponemos: “buena onda”.
No solo se detuvo, sino que también se bajó para hacer lugar en el baúl y que pudiéramos acomodar nuestras mochilas. Ya en viaje, y sabiendo que llegaba tarde, estaba tratando infructuosamente de reprogramar su reserva desde su celular. Conduciendo se le complicaba y, además, no le estaba funcionando bien Internet. Llamaba por teléfono y tampoco lograba nada. Queríamos intentar ayudarlo. Si bien era muy tarde, se había atrasado aún más por levantarnos a nosotros. Le pedí a Aldana, que estaba sentada en el asiento trasero, que me alcanzara la netbook y el dispositivo que usábamos en Sudáfrica para conectarnos a Internet. Entramos al sitio web de la aerolínea, me dijo su código de reserva y su contraseña, leímos las opciones y los costos del cambio, y reprogramamos sin problemas la reserva para el mismo vuelo, pero tres horas más tarde. Con el número de trámite escrito por Aldana en un papelito –mi letra es ilegible–, John estaba feliz. Apenas pasamos por una estación de servicio muy moderna, decidió entrar e invitarnos con hamburguesas, gaseosas y café, y no aceptaba un “no” como respuesta. Ahora tenía tiempo. No podría haber salido mejor. En el camino, llamamos a Herman, quien nos alojaría en Durban, para decirle a qué hora llegaríamos al aeropuerto, y él quedó en pasarnos a recoger. Nos despedimos de John mientras devolvía el auto y nos sentamos en un bar para esperar a Herman. En la charla, nos pusimos a conversar sobre cada uno de los que ese día fueron parte de nuestro viaje. Comentábamos que, dadas las circunstancias, todos tenían motivos para no llevarnos. Una pareja de policías de turno, una persona con su movilidad reducida, una mamá con sus pequeños hijos y un muchacho a punto de perder un vuelo. Sin embargo ese día, como si fuera a propósito, los planetas se alinearon, todos se pusieron de acuerdo y nos llevaron hasta Durban. La hospitalidad sigue siendo, por suerte, lo que prevalece en el camino.

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Si querés saber por qué Connie cambió súbitamente su recorrido para llevarnos hasta Cape Town. Si te gustaría enterarte de nuestra charla con Matthew, un guardia cárcel “colored” que además de llevarnos a dedo nos alojó en su casa, o el punto de vista de George respecto de lo que dejó el Apartheid, entre más anécdotas viajando a dedo, no dejes de visitar nuestros post sobre estas historias en este link y en este link.

 

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Aldana Chiodi

Los papeles dicen que soy geógrafa social (profesora), periodista y editora, pero me identifico más con ser viajera, escritora y aprendíz de fotógrafa de viajes. Me encanta viajar, escribir, fotografiar, conocer y compartir otras culturas, llevar magia y arrancar sonrisas por el mundo y la nueva vida que elegí junto con mi compañero y amor: La libertad es un viaje de ida.
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