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      Cada persona es un mundo - “Están de suerte chicos, al final vamos a seguir hasta Cape Town. A mi mujer la llevaron al hospital y tengo que ir para allá ahora”. Escuchar la primera mitad del mensaje nos puso contentos, pero la felicidad duró el tiempo que dura un punto seguido. La oración que venía a continuación nos confundió completamente. Connie (nombre de varón) nos levantó en una estación de servicio en Mossel Bay, sobre la llamada “ruta jardín”, en Sudáfrica. Como pasa casi siempre, mientras viajábamos nos fuimos haciendo “amigos”. Nosotros teníamos la intención de llegar ese día a Cape Town porque Pablo, un mendocino que nos iba a alojar, nos esperaba con pizzas caseras. La lluvia y el viento de ese día hicieron que el dedo se demorara más de la cuenta y llegáramos a Mossel Bay más tarde de lo esperado. Como ya estaba oscureciendo, nos fuimos haciendo a la idea de que las pizzas caseras quedarían para otro día. Entre charla y charla, Connie nos ofrece quedarnos a dormir en su casa de Worcester, a unos 120 km de Cape Town. Al día siguiente, muy temprano, él nos dejaría en otra estación de servicio sobre la ruta para terminar nuestra travesía hacia Cape Town. Nos pareció muy bien ya que no disponíamos de muchas más opciones. Todo estaba encaminado hasta que sonó su celular y Connie comenzó a hablar en afrikaans, idioma que por supuesto, no manejamos.

  Vimos uno. No nos llamó tanto la atención. Después otro. Y otro más. Ya era un poco extraño. No nos imaginamos que fuera algo "común" en África. Pero parece que lo es, por lo menos más de lo que uno se imagina. Hasta hace unos años eran considerados peligrosos y su sola presencia era sinónimo de mal augurio. Además, y por el contrario, otros consideraban que su sangre y sus órganos tenían poderes especiales que beneficiaba la obtención de riquezas. Al enemigo natural que es el Sol, y que en África parece ser más fuerte que en otros lugares del mundo, se le sumaban los enemigos humanos, quienes llegaron hasta matar y descuartizar a estas personas. Y, como si fuera poco, algunas creencias culpaban a las madres por haber tenido relaciones con un hombre blanco o por haber comido maíz blanco antes de ser fecundadas.

Siempre me gustaron los pueblos y ciudades. Si bien también disfruto de la naturaleza y la vida al aire libre, creo que la geografía urbana dejó una marca especial en mi. Logró que perciba los asentamientos de población desde una mirada distinta. No puedo evitarlo. Llego a una ciudad o pueblo y, en pocos minutos, le saco una especie de radiografía. (Creo que voy a crear una nueva carrera que  otorgue el título de “Radióloga de ciudades”). A veces me puedo confundir con la lectura de la radiografía, pero dicen que la primera impresión es la que cuenta. Y la primera impresión de Durban fue “rara”. No quiero decir “mala”, porque no fue mala en sí misma, pero fue “rara”. Durban es una ciudad que no me inspiró. Caminaba por sus calles, miraba sus detalles, manejábamos por sus avenidas y autopistas y no me inspiraba. No sé por qué. No me inspiró para sacar fotos en su momento ni para escribir ahora. Casi siempre me pasa que apenas piso un lugar tengo ganas de fotografiarlo o de anotar alguna frase o de grabar en mi mente alguna escena. No fue el caso con Durban. Voy a tratar de explicarlo.

      -¿A qué hora sale la chapa (minibus) para Macia? -En 30 minutos Y unas tres horas más tarde, recién cuando se superpobló… salió la chapa como si nada hubiera pasado. Bueno, en realidad, no pasó nada. Por lo menos a los ojos de las personas que estaban al lado nuestro. Pero como nuestra concepción del tiempo es diferente, para nosotros pasó una eternidad. Es que en Mozambique, como en gran parte de África, el tiempo no es la variable más importante. Si se tiene un recurso, hay que explotarlo, y una chapa debe ser exprimida al máximo para lograr su mayor rendimiento. Las personas esperan horas sentadas aguardando solo por una más y así poder comenzar el viaje. Nadie se queja, nadie dice nada, así es moverse por gran parte de África con transporte público. Algo similar ocurre en algunos lugares de Asia y América latina, pero nunca vimos las chapas tan llenas como en Mozambique.

  Algunos lugares nos llenan de colores, como pasó con el mar de Quirimbas. Otros, en cambio, sentimos que son para mirar en blanco y negro. No sabemos bien por qué. Puede ser un poco por su historia, por el estado actual de su arquitectura, por las actividades de sus pobladores... Sea por lo que sea, eso es lo que nos pasó con la isla de Ibo, la isla más grande y poblada del archipiélago de las Quirimbas.  

 

  Nunca supe bien por qué siempre que se piensa en playas de arena blanca y mar turquesa se habla de paraíso. Imgino que es porque la idea nuestra de paraíso se asemeja a un lugar muy bello, con paz, tranquilidad y donde los ojos no dejan de sorprenderse (para bien) ante lo que ven. Si esta es la definición de paraíso, el Parque Nacional Quirimbas, en el norte de Mozambique, lo es.  

Siempre escuchamos hablar sobre los viajes “en el tiempo” y lo bueno que sería ir y volver de un año a otro cuando quisiéramos. Pero nunca se habla de los viajes en el espacio. No me refiero a los viajes “al” espacio, sino “en” el espacio. Muchos me dirán que estos viajes ya existen: son los que hacemos si nos desplazamos, por ejemplo, de una ciudad a la otra o de un país a otro gracias a los medios de transporte modernos, como el avión. Sí, esos sí existen. Pero yo me refiero a otros. ¿Se imaginan caminar unas cuadras y estar en una ciudad, dar vuelta en una esquina y aparecer en otra, andar tres cuadras más y sentirte en otra ciudad? Bueno, algo así ocurre con Maputo. Por eso digo que es como hacer un viaje “en el espacio”. Ya les dije que amo la geografía urbana, no? A veces parece alguna ciudad de India…